II La oda de Aribau
El siglo XIX, salvo para el comercio, apenas mueve un dedo de los escasos árboles de la villa de Sitges, hasta que entra en la agonía de sus últimos años de vida. Es un siglo, si no vacío, lleno de nada. Poco antes de mediar, en Sitges asoma una mínima preocupación de algo vago, que anda entre la emoción de la patria, el culto sentimental de la raza, la indecisa vida de las letras que va revelándose en los juegos florales, en la comunicación de los felibres, en el gusto por la palabra vernácula impresa.
Los catalanes señalan al año 1833 como la fecha de iniciación los renacimiento en Cataluña. Esta fecha va íntimamente asociada - más aún, está producida -, a la presencia de un ser un tanto extraño para nosotros, forasteros del espíritu catalán: Buenaventura Carlos Aribau.
A nadie se le va a explicar ahora la vida del famoso Aribau. Fue un poeta victorhuguesco, un tanto ingenuo, que muchas veces daba con las alas en el borde afortunado del misterio de la poesía que queda, en él, popular y culto a la vez.
Había escrito, en castellano, una oda progresista y admirativa, su "Oda a la navegación aerostática de los hermanos Montgolfier". Mucho más tarde intervino y muy notablemente en la formación de la biblioteca Rivadeneyra. Esta disposición para el enciclopedismo, para lo ilustrado y la empresa de mucho y paciente aliento ha sido desde Aribau, una característica de lo catalán. Aún en las gentes de actividad más dispersa, como en don Miguel Utrillo, cuyo nombre está tan unido a Sitges, se observa esta tendencia
- contribuyendo activamente a la redacción de la Enciclopedia Espasa -, que llega, si observamos un poco, hasta los escritores de tipo más alejado en apariencia a estos problemas: José Plá, por ejemplo. |