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HOTEL CELIMAR SITGES

Celimar Hotel Sitges

Rusiñol tenía ya una buena colección de hierros antiguos y pensó con gran alegría instalarlos en aquélla casa.
Lo primero que hacía falta, naturalmente, era arreglarla. Rusiñol era hombre de suerte, no tiene duda. Cuando se metió en la obras, que totalmente costaron treinta mil pesetas, pudo recoger de la demolición del Castillo de Sitges -barbaridad inexplicable- piedras enteras que hoy constituyen uno de los mayores encantos de la casa... y uno también de los innumerables desconciertos arqueológicos que presenta el barrio gótico de Sitges, en el que a don Miguel Utrillo, hombre de evidente buen gusto, se le fue un poco la mano, esto es la verdad.
En fin: Rusiñol tenía ya un refugio en Sitges. La importancia de este hecho quizás ni él mismo la calculó jamás. Se la habían de dar los otros. Los sitgetanos tardaron algo. No eran tiempos aquellos - ni éstos tampoco - en que el hecho de que un artista viniera a vivir a esta villa, ni a ninguna de España, preocupara favorablemente ni enorgulleciera a los adormilados jugadores de cartas o los honrados rentistas con hernia y braguero.
Y sin embargo aquellos tres hombre: Rusiñol, Casas y Utrillo, formaron el ambiente de Sitges. Esto es indudable. Airearon con su bohemia dorada, convencional en lo económico, pero efectiva en cuanto apostura social, el parado limbo de la villa, alentaron la artesanía, no sólo de Sitges sino de la comarca entera, inventaron una vida literaria y artística, popularizaron el nombre de Sitges en España y fuera de España, lanzaron a la villa a la comunicación, atrayeron el primer turismo y la proporcionaron una conciencia de lícito orgullo que luego, por méritos propios, ha ampliado Sitges.

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