Tenía Rusiñol, además, un extraño don de gentes. Jugaba un poco al disparatado, pero en realidad medía sus disparates como medía su dinero, o sea que nunca perdió el sentido de la oportunidad y compensaba muchas cosas con su simpatía y aquella sensación de prestigio que él le daba a todo. En Granada le ocurrió lo mismo. La gente le estimaba tanto y él tenía tan despierto el sentido fenicio de la adaptación, que llegó hasta formar parte en jurados de canto flamenco. También trabajó como actor en la compañía de Riquelme. Utrillo y Rusiñol representaron en Granada, en Málaga y en Córdoba, donde terminó la aventura teatral. Pero volvamos a Sitges.
El 5 de enero del noventa y dos, los amigos y admiradores que Rusiñol tenía en Sitges le dieron una efusiva y nutrida cena en la que hubo varios discursos y a cuyos postres Rusiñol hizo el elogio de la villa y de estas tierras que él llamaba playa de oro. Habló como un griego. Cantó la luz, el vino de Sitges, los blancos de sus casitas marineras, la amistad y el diálogo.
Después volvió en junio para ocuparse de las obras del Cau Ferrat, y desde entonces fueron ya continuos los viajes del pintor acompañado muchas veces de enormes comitivas de amigos que dejaban atónito al vecindario de la villa. Uno de aquellos cortejos, y de los más famosos, fue el de un domingo de noviembre de 1894, en que se trajeron solemnemente al Cau Ferrat los famosos cuadros del Greco: La Magdalena Penitente y Las Lágrimas de San Pedro, hoy instalados en el gran salón del Cau.
Los cuadros habían sido adquiridos por Rusiñol en París, a principios del mismo año 1894. Venían en la extraña procesión que se formó en la estación de Sitges en dos tabernáculos que llevaban en andas varios amigos de Rusiñol, entre ellos Meifrén, Ramón Casas, Soler Rovirosa y Clarassó. Venían delante anunciando la comitiva nada mas y nada menos que a caballo y con bandera Pedro Román y Luis Labarta. Habían también alquilado a unos hombres que llevaban, en plena mañana, antorchas. |