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V Mi recuerdo de Rusiñol

Conocí a Rusiñol en Barcelona. Me despedí por última vez de él en Aranjuez, unos días antes de que muriera. Le vi muerto también, desnudo, en su cama revuelta de "La Gran Fonda del Comercio" aquel 13 de julio de 1931. Yo no conocía entonces a José Pla. Debimos coincidir allí, sin embargo. Yo fui en un taxi desde Madrid enviado por el "Heraldo de Madrid", donde entonces escribía, y vino conmigo un fotógrafo, creo que Almazán.
En Barcelona, una de las últimas veces que le vi, fue en diciembre de 1929. Publiqué dos artículos - medio artículos medio interviús - que están recogidos en un librejo periodístico mío: "Caras, caretas y carotas", editado en 1930.
Rusiñol oía mal de un oído y del otro peor. Tenía un temblor en las manos que le daba todavía un aspecto más diabólico, más interesante.
Fuimos por la tarde, después de haber comido en un tascón de la Barceloneta, a la librería de López en la Rambla del Centro. Rusiñol me dijo que bajaba a esta librería casi a diario. La librería tenía mucha tradición. El librero me habló de un taburete en el que se habían sentado Castelar, Pi y Maragall, Pérez Galdós, Guimerá, Bartrina, Llavería, Blasco Ibáñez, Pompeyo Gener. Queriendo honrarme me dijo que me sentara en él. Yo me senté un poco abrumado al pensar en todas aquellas posaderas ilustres y tristes que habían pasado por la madera. López me dijo que también se sentó allí Sarah Bernard.
Rusiñol descansaba su mano sobre una barandilla metálica del mostrador. Tenía un aire de fauno senil, alegre y enfermo. El pelo largo y revuelto, de abultado algodón, le ensanchaba las sienes. La nariz grande le caía sobre el bigote, que quedaba separada de la barba por un labio, un solo labio visible, sensual. un gabán muy grueso, descolorido, con el que Rusiñol jugaba a la bohemia. El gabán estaba bien estudiado, con el sobrero de anchas alas deformado, con la pipa que se apaga inmediatamente de encenderse. El pantalón, sin doblez ninguno, se abotinaba sobre una botas grandes, desabrochadas en sus últimos ojales. Por la manga del abrigo asomaba la de la americana y por ésta el puño, no muy limpio, de la camisa, y aún todavía, en aquel laberinto concéntrico, la de la camiseta.

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