Iba vestido de muerto y eso tenía gracia.
Fuera, en la calle, nos esperaba su coche. Me llevó en él a "La Puñalada", que entonces era un bar, un simple bar, en le Paseo de Gracia. También iba allí todas las tardes y entraba a las ocho en punto. En "La Puñalada" le reservaban una mesa, cara a la puerta, en un rincón. A veces escribía allí o dibujaba croquis. Tomaba dos o tres picones y a cada picón el camarero le regañaba un poco diciéndole que debía tomar café con leche. Pura fórmula. Cada tarde parece que le decían lo mismo.
Por las noches se retiraba siempre a las cinco de la mañana.
En Madrid, la señora de Rusiñol vigilaba su sueño. Hasta las dos y media no le dejaba ver. Venía a estrenar en Novedades su última obra: "Miss Barceloneta". Hablamos aquella vez de sus comienzos:
- ¿Usted comenzó antes a escribir o a pintar?
- Pinté mucho antes, porque mi vocación es la pintura. Escribir no escribí hasta los veintisiete años. Acepté de Sánchez Ortiz una sección en "La Vanguardia" que se titulaba "Desde mi molino".
Sánchez Ortiz estaba entonces en Madrid. Don Santiago fue a visitarle. Nos citamos para la noche. Fuimos al "Gato Negro", en la calle del Principe. Rusiñol quería ver a Benavente. Después, a los dos o tres días, se fue a Aranjuez. Todavía le hice allá una visita. Pintaba en los jardines. Poco después murió.
Y volví a verle. Vale más no acordarse... |